Daniela Losiggio
CONICET, Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ), Argentina
El título de este libro es también un verso prestado de aquella canción de Serú Girán. En esa obra y en esta, las olas son la metáfora, por excelencia, de la sucesión de hechos culturales que empujan certezas abisales a la orilla y luego, ahí, justo cuando alcanzan el punto máximo de visibilidad, temen la amenaza engullidora de la bajamar.
Ahora bien, las olas se hicieron conocer, en la historia de los feminismos, cuando el movimiento de la marea ya se había producido por completo. Este libro plantea las dificultades de utilizar la denominación feminismos en tiempo presente. “Mientras miro las nuevas solas, ya soy parte del mar”, reza la canción. Cuando así sucede, surge la pregunta por si estamos verdaderamente a la altura de nuestra voluntad adánica o, en verdad, pecamos de un puro desparpajo nominativo. Rafael Blanco, María Laura Bagnato, Rocío Moltoni, María Victoria Imperatore, Maya Ober y Bárbara Trzenko apuestan valientemente a reivindicar el carácter performativo y agenciador de los nombres, pero también se atreven a mostrar sus límites autocomplacientes, cuyo riesgo es el de la negación de los desaciertos –autoinfligidos o ajenos– que impiden mejores desarrollos de la política feminista. Y es que, aunque el libro se publica en momentos de repliegue, los cálculos pesimistas se hicieron a su debido tiempo, cuando las políticas de género en las universidades habían llegado al pico histórico de aceptación.
Así, este libro colectivo es fiel al temple cauteloso que caracteriza los trabajos anteriores de su coordinador, Rafael Blanco. Ya en Universidad íntima y sexualidades públicas (Miño y Dávila, 2014), Blanco prescribe el principio epistemológico de la precaución, especialmente ante el gesto moralmente superior de que la universidad está a resguardo de las violencias sociales generalizadas. Se repite este principio en el nuevo volumen.
El trabajo se aboca al estudio de políticas feministas en las universidades, desde distintos ángulos. Todos sus capítulos guardan el espíritu de la parte que hace a un todo potente, comparten una perspectiva teórica (evidentemente estudiada y debatida al interior del grupo), y se encuentran profundamente documentados en literatura especializada y producción original de datos empíricos. Asimismo, el volumen procura ampliar la mirada sobre estas políticas más allá de su estrella: los protocolos. El texto identifica como problemática la limitación de la indagación al campo de las violencias, y por ello extiende su análisis a otras iniciativa y conflictos diversos: las consejerías de salud sexual en las universidades, la implementación de baños sin distinción de género, los aportes de los feminismos racializados y las resistencias a medidas y lenguajes inclusivos.
En el primer capítulo, María Laura Bagnato analiza la institucionalización de las políticas feministas en las universidades públicas argentinas (2014-2023) y muestra cómo esos dispositivos no solo reconfiguran estructuras y contenidos académicos, sino que transforman subjetividades, vínculos pedagógicos y modos de producción del conocimiento. En la misma línea, el segundo capítulo, a cargo de Rocío Moltoni propone pensar la reparación frente a las violencias de género en la universidad como un proceso multifacético y prolongado que excede el eje jurídico‑punitivo y requiere de un análisis que contemple las dimensiones sancionatoria, económica, simbólica, pedagógica, espacial y colectiva.
En el tercer capítulo, Rafael Blanco se detiene en las políticas de instalación de baños universitarios sin género. Propone que los baños públicos han funcionado históricamente como una tecnología social que produce y regula diferencias sexogenéricas. Así, la demanda por los baños sin género se vuelve profundamente política. Lo mismo sucede con las consejerías de salud sexual y (no) reproductiva, según relata Victoria Imperatore en el cuarto capítulo. Aunque se encuentran feminizadas y mayormente pobladas por profesionales de las ciencias sociales, optan por valerse de una legitimidad bastante imbatible: la salud colectiva y el cuidado de las poblaciones vulnerables (lo que Imperatore llama “victimismo estratégico”). Este modo de presentarse continúa ocultando el goce implicado en la sexualidad, lo que perpetua un sentido común autoritario.
En el quinto capítulo, Maya Ober demuestra cómo prácticas feministas antirracistas, aun cuando resultan precarias y con escaso respaldo institucional, logran momentáneamente interrumpir la blanquitud como grilla de dominación y ensayar otras formas de habitar lo universitario. Sin embargo, Ober insiste en que la transformación antirracista requiere estructuras que afirmen una posición oficial.
El último capítulo de Bárbara Trzenko examina las resistencias y tensiones que genera la incorporación de políticas de género en la comunidad universitaria y concluye que su institucionalización no es un triunfo unívoco, sino un proceso conflictivo y en negociación constante.
Mientras miro las nuevas olas es un esfuerzo –¡al fin!– colectivo, que puede hacer base en el conocimiento construido porque comparte un principio de indagación empírica y varias precauciones metodológicas que probablemente funcionan menos por capricho que por la ilusión de sus efectos políticos.