Las universidades estadounidenses en su hora crítica, miradas desde América Latina (entrevista a Scott Peters)
Agustín Cano
Universidad de la República (Udelar) – Uruguay
Introducción1
Scott Peters es sociólogo e historiador del Polson Institute for Global Development de la Universidad de Cornell (Nueva York). Su trabajo académico se ubica en los estudios críticos del desarrollo, desde los que aborda la historia de las universidades estadounidenses y los vínculos que las universidades establecen con la sociedad. Su trabajo ha abarcado desde la historia de las land-grant universities – el sistema de concesión de tierras a universidades como parte del proceso de colonización del oeste norteamericano en la segunda parte del siglo XIX – hasta las experiencias de compromiso político de profesores y académicos universitarios en la actualidad.
Desde 2022, el equipo de Scott Peters y Matías Flores de la Universidad de Cornell, junto a un equipo del Programa Integral Metropolitano y la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República de Uruguay, desarrollan el proyecto “Diálogos globales en extensión universitaria”. Como parte de este proyecto se han desarrollado estancias de investigación, seminarios y publicaciones, que han convocado la participación de investigadores/as y extensionistas de universidades de Argentina, Chile, Brasil, Sudáfrica, Trinidad y Tobago, Irlanda e Italia, además de Uruguay y Estados Unidos. El proyecto combina estudios comparados sobre historia, modelos, concepciones, modos de institucionalización y políticas de extensión universitaria, con espacios de encuentro para compartir experiencias y estrategias de extensión, community engagement y compromiso social universitario en diferentes contextos sociales, culturales y regionales.
En este marco, entre el 30 de marzo y el 6 de abril de 2025, el Dr. Peters visitó Uruguay junto a un grupo de estudiantes de la Universidad de Cornell para participar de un programa de actividades conjuntas con estudiantes del Programa Integral Metropolitano y la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Udelar. Como cierre de la semana de trabajo, el Dr. Peters brindó una conferencia titulada “Las universidades y las humanidades estadounidenses en la era Trump”. Como antesala de la entrevista que le realizamos, comparto algunas reflexiones a partir de la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos pensar desde América Latina lo que está pasando con las universidades estadounidenses?
A partir de la Segunda Guerra Mundial, como parte de su consolidación como principal potencia mundial, EEUU transformó su modelo de educación superior, imbricándola a la economía y comprometiéndola con los objetivos de expansión productiva, industrial, tecnológica y militar. A fuerza de fragmentación, competencia e incentivos, los académicos fueron perdiendo control sobre su propio trabajo y conciencia sobre el destino, usos y consecuencias de los resultados de sus investigaciones (Wschebor, 1970; Markarián, 2020). La ideología de la neutralidad del conocimiento, la concepción economicista de la investigación y el management empresarial moldearon el nuevo modelo universitario, que al igual que la Revolución Verde y la economía de mercado, fue exportado por EEUU como modelo global.
El modelo universitario norteamericano se organizó también para la captación de la diversidad cultural planetaria, que con la disponibilidad de inmensos recursos económicos y un marco formal de libertad académica, produjo importantes resultados a su sistema universitario. El vuelco de la educación superior a la economía fue rigurosamente documentado en una investigación de Elizabeth Popp Berman (2012), quien observa que para la década de 1980, los directores de las universidades estadounidenses ya fundamentaban de forma generalizada la importancia de la ciencia en términos de su capacidad para producir conocimientos con valor en el mercado. Popp Berman recoge un discurso de 1985 de Robert Rosenzweig, Presidente de la Association of American Universities: “Es necesario afrontar los hechos. La principal vía para el uso público [del conocimiento] en este país es el comercio; el lucro es el motor que mueve la maquinaria del comercio; y la propiedad, o al menos el uso exclusivo, es un instrumento crítico del beneficio. Esta lógica se aplica tanto a los productos de la mente como a otras formas de propiedad” (Rosenzweig, 1985, como se citó en Popp-Berman, 2012, pp. 146-147). En esta cita, el comienzo importa tanto como lo demás. “Es necesario afrontar los hechos” es la apelación cruda del realismo neoliberal, en vísperas de volverse sentido común hegemónico a escala global, luego de la caída del Muro de Berlín. Ahora, la deriva neofascista en curso en EEUU amenaza con marginar a una condición ornamental a las liberal arts y empujar fuera de las universidades al pensamiento crítico. No hace mucho, “Bifo” Berardi advertía con alarma: “(…) en la transformación neoliberal del sistema educativo se encuentra el peligro definitivo para la desertificación final del futuro de la humanidad. Si se continúa en el camino de la separación de la formación técnica y la educación crítica, cuando lleguemos a la segunda generación del cerebro social ya no quedará ningún rastro de auto-conciencia autónoma, el legado de la cultura moderna se verá reducido a vestigios para anticuarios, y el general intellect habrá sido subyugado para siempre” (2019, p. 225).
En cuanto a América Latina, antes que en remojo, hay bardas que arden también. El Brasil de Temer y Bolsonaro había desatado, en su momento, una guerra contra las universidades. A la persecución contra docentes en nombre del “adoctrinamiento” y el ingreso de militares a campus universitarios en siete estados para retirar banderas con leyendas antifascistas, le siguió el ahogo presupuestal a las universidades públicas, y luego, con el decreto N.º 9.794, un ataque frontal a la autonomía universitaria, interfiriendo en el nombramiento de autoridades y el contenido de las pruebas de ingreso (Leher, 2019). Ahora, la Argentina de Milei lleva adelante una dura ofensiva propagandística y presupuestal contra las universidades y el sistema científico. Al abc desmesurado de la retórica neo-reaccionaria del adoctrinamiento ideológico, se suma el desprecio de todas las áreas del conocimiento y la cultura que no tengan una correlación mercantil inmediata, para sintetizar, desde la ortodoxia económica ultraliberal, una política anti-universitaria radical. La ciencia, la educación y la cultura son considerados un gasto inútil a recortar (todo eso debería ser privatizado) y un ámbito de reproducción ideológica de lo que la ultraderecha llama “marxismo cultural”. En este punto, Milei parece seguir al ultra-liberal conspiranoico Curtis Yarvin, quién – según recoge Pablo Stefanoni (2025) – sostiene que, en la actualidad, “separar a la iglesia del Estado debería consistir en separar a Harvard o Stanford del Estado, porque ahí es donde se está creando la verdad que luego se impone a la opinión pública a través de los medios, en EEUU y más allá” (Yarvin, como se citó en Stefanoni, 2025). El hecho de que Yarvin pase por alto que tanto Harvard como Stanford son universidades privadas, muestra hasta qué punto la ultra-derecha contemporánea desapega discurso y realidad.
Si los ataques a las universidades que realiza actualmente la administración Trump, tienen las mismas características que los que realiza Milei en Argentina, o los que hace poco tiempo realizaron Temer y Bolsonaro en Brasil, la situación de las universidades y sus sociedades de pertenencia, es diferente. En este marco, para una reflexión desde América Latina de lo que está pasando con las universidades en EEUU, conviene tener en cuenta al menos dos grandes temas, en cuya respuesta la Universidad Latinoamericana puede encontrar vías de trascender la posición de resistencia y desplegar una nueva perspectiva programática.
1) El problema de la des-globalización. Adam Tooze (2025) señala que la crisis de las universidades de élite norteamericanas es parte de la crisis mayor de la globalización económica neoliberal, en tanto estas universidades están articuladas a instituciones claves del mercado global, y son ellas mismas instituciones globalizadas que venden servicios y establecen campus en diferentes países del mundo. El cuestionamiento actual de la globalización neoliberal, vuelve a plantear a las universidades latinoamericanas la importancia y necesidad de su proyecto de integración regional (Arocena & Cano, 2025). Hablamos de un continente con una historia colonial común, peripecias emancipatorias compartidas, proyectos derrotados y sueños truncados que no obstante allí están. La historia de la Universidad Latinoamericana y la Reforma de Córdoba son expresión de todo esto. Hablamos de la región más desigual del planeta, donde las capacidades científico-tecnológicas y de acceso a la educación superior presentan importantes rezagos respecto a los países industrializados. Esta situación condiciona y reproduce la inserción periférica de nuestra región en los sistemas internacionales de producción de conocimiento, que espera de nuestros países que sean proveedores de datos y estudios de caso para nutrir la elaboración teórica, las agendas de investigación y las políticas que se realizan en los países centrales (donde, además, quedan los resultados) (Arocena & Sutz, 2021). En el actual contexto, la colaboración regional es más importante que nunca para fortalecer las capacidades científicas y tecnológicas de la región, articuladas a un proyecto humanista y democratizador y la producción de cultura autónoma (Arocena & Cano, 2025).
2) El problema de la “batalla cultural”. Como observa Diego Sztulwark, esta expresión está ligada a la forma en que la ultraderecha contemporánea interpreta que la izquierda ha utilizado a autores como Antonio Gramsci, y en el fondo esconde una operación discursiva que les ha resultado potente en múltiples direcciones. Por un lado, busca correr el foco del problema de la explotación social, el ajuste económico y el deterioro de la situación económica de las grandes mayorías de la sociedad, desplazando la atención exclusivamente a “lo cultural” (la disociación entre cultura y economía no existe en el planteo gramsciano). A su vez, “lo cultural” queda capturado por una definición vaga y amenazante que es instrumentalizada desde una perspectiva conservadora para atacar a las ideas de izquierda, las reivindicaciones por los derechos humanos y las memorias de la historia reciente, y la llamada “agenda de derechos”, en particular los de las mujeres y el movimiento de la diversidad sexual. Finalmente, se procura así deslegitimar a las organizaciones que llevan adelante estas reivindicaciones (como los movimientos feministas, de la diversidad sexual, de derechos humanos así como los sindicatos y las organizaciones de izquierda) y ejercer un férreo control ideológico sobre los medios de comunicación y la educación (en nombre de la lucha contra el “adoctrinamiento del marxismo cultural”). Dicho esto, es necesario advertir que el ataque neo-fascista a las humanidades, el pensamiento crítico y la participación política en las universidades, tiene su arraigo en un sentido común ininterrumpidamente construido a lo largo del proceso descrito por Popp-Berman, que se volvió cultura académica y modelo universitario hegemónico a nivel global. En esta brecha, las universidades de élite se alejaron de sus sociedades de pertenencia, y en esa distancia opera el discurso neo-reaccionario actual. La respuesta, dice Sztulwark, no debería reproducir (mantener) la disociación entre economía y cultura, en versiones culturalistas y melancólicas de la crítica, sino desplegar “prácticas de cultura” arraigadas en las “prácticas materiales de vida” (Sztulwark, 2025). Aquí hay un tema importante para la reflexión sobre la cuestión universitaria.
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En 2021, durante la segunda edición de la Conferencia Nacional del Conservadurismo de EEUU, J.D. Vance realizó una exposición titulada “Las universidades son el enemigo”. Vance es hoy el Vicepresidente del país, y su gobierno se ha tomado muy en serio aquella aseveración. ¿Por qué la ultraderecha norteamericana considera que las universidades son el enemigo?
Ellos entienden que controlar la cultura es controlar el pueblo. Piensan que las universidades están dominadas por los liberales de izquierda, y que estos han moldeado la cultura y las opiniones de la gente. Así que una de sus estrategias es apoderarse de las universidades, para expulsar a los intelectuales liberales y a los intelectuales de izquierda, y reemplazarlos por intelectuales conservadores de derecha, para que puedan dar forma a la cultura de acuerdo a su pensamiento conservador. Y su pensamiento conservador se basa en una mitología según la cual Estados Unidos es este país benevolente, grandioso, que somos la nación más grande del mundo. Así que necesitan capturar la universidad, para poder capturar la historia, e imprimir esa historia en los jóvenes y en la cultura. Es de manual. De un manual viejo que han aprendido de su propia lectura de la historia de EEUU, que es una historia que ustedes en América Latina conocen bien. Quieren una historia patriótica, que siempre trate a los Estados Unidos como un país que sólo ha hecho el bien en el mundo. No quieren que nadie hable de racismo, ni de género o sexismo. Sólo aceptan la identidad cristiana capitalista de libre mercado, que es la que quieren imprimir de nuevo en el país, porque piensan que así es como se fundó, y sienten que es necesario traerla de vuelta. No quieren que la ciencia sea libre y abierta. Quieren que la ciencia sirva a sus intereses económicos e ideológicos. Por eso quieren prohibir el estudio del cambio climático. Niegan el cambio climático. Según ellos, los combustibles fósiles no son un problema. Necesitan tomar el control de la agenda sobre qué tipo de ciencia se hace en la universidad, para que se alinee con su ideología y no acabe criticando los intereses corporativos dominantes de los combustibles fósiles, por ejemplo. Para eso necesitan expulsar de las universidades a los científicos que no controlan, así como a los intelectuales que están escribiendo historias críticas, que están haciendo cosas críticas.
En tu trabajo académico como historiador has estudiado los vínculos entre universidad y sociedad. En el contexto actual, en que el arraigo social de las universidades es un factor muy importante para articular una defensa ante los ataques del gobierno: ¿en qué posición están las universidades?
En mi opinión, las universidades, especialmente las universidades de élite como Harvard, Princeton, Yale y las demás de la Ivy League, se han desconectado mucho de la gente. Se han vuelto elitistas. Así que no están en muy buena posición para que la gente quiera defenderlas. ¿Por qué querrían defender a una institución que no trabaja con ellos, que les parece elitista? Así que la respuesta sería que no, en este momento no estamos en una buena posición para conseguir que la gente defienda masivamente la libertad de la universidad. No obstante, al mismo tiempo, en todo el país hay gente en colegios y universidades que están trabajando muy estrechamente con las comunidades, que tienen relaciones muy profundas con la sociedad. Hay muchos ejemplos de esta idea de la “universidad del pueblo”, siendo asumida y practicada, incluyendo en mi universidad, en Cornell. En este momento es importante hacer visibles esos proyectos, y argumentar que necesitamos profundizar ese trabajo si queremos sobrevivir a este ataque, que necesitamos estar con la gente, porque ella también está siendo atacada. No sólo nos atacan a nosotros. Nos están atacando de formas que dañarán a la gente, perjudicarán a la gente. Así que tenemos que dialogar con la gente para llegar a entenderlo, verlo, y luego permanecer unidos, trabajar juntos. No es que no esté pasando nada. No es sólo que las universidades estén en sus torres de marfil, desconectadas. Eso pasa, pero también es cierto que existe un movimiento que lleva décadas en marcha – al que yo me incorporé cuando empecé a hacer mis estudios de posgrado, cuando ese movimiento estaba surgiendo – de gente joven, que quería ser un tipo diferente de académico, un tipo diferente de profesor, uno que trabajara con la gente, en lugar de estar aislado en la torre de marfil.
¿Qué antecedentes existen en la historia de EEUU de este tipo de ataques a la universidad por parte del gobierno?
Ha sucedido en otros momentos, en particular en relación con la Unión Soviética y el comunismo, durante el llamado “miedo rojo”. En la década de 1920, después de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, se tomaron medidas drásticas contra las universidades. Los grandes magnates de las corporaciones perseguían a miembros de la universidad si tenían ideas socialistas. La Universidad de Wisconsin tenía un profesor de economía, llamado Richard T. Ely, que escribía artículos y libros y daba charlas criticando al capitalismo y apoyando al socialismo. El Consejo de Administración de la Universidad, que estaba compuesto por poderosos magnates de la madera, por multimillonarios del ferrocarril, lo despidió por sus ideas socialistas. Se fue a Nueva York después de eso. Fue un caso icónico de aquel período.
Un poco antes de la Primera Guerra Mundial, antes del “miedo rojo”, se creó la Asociación Americana de Profesores Universitarios (John Dewey fue un miembro clave de esta asociación). Crearon una nueva institución llamada The New School, que se encuentra en la ciudad de Nueva York, y escribieron lo que se ha convertido en el documento fundacional de la libertad académica en los Estados Unidos. Allí proclamaron que los intelectuales, los académicos necesitan tener la libertad de llevar a cabo su investigación sin la interferencia de los fideicomisarios, las corporaciones y el gobierno. En ese momento, las universidades se unieron para defender la necesidad de libertad académica, y fue entonces cuando se creó la titularidad (tenure) para el profesorado. Desde entonces, para tener libertad académica, necesitas tener la titularidad, lo que significa que no pueden despedirte por tus opiniones. Todo eso sucedió en las postrimerías de la primera década del siglo XX. Luego tuvimos el “miedo rojo” de la década del ‘20, y el segundo “miedo rojo” de la década de 1950, con Joseph McCarthy, que organizó audiencias en las que se interrogaba a académicos, científicos y artistas sobre si eran entonces, o alguna vez habían sido, miembros del Partido Comunista. Muchos de ellos se negaron a responder las preguntas, y los metieron en la cárcel.
Por lo que malos períodos, vaya si hemos tenido. Ahora, lo que Trump está haciendo, es eliminar fondos federales para la ciencia y la investigación, tanto en las ciencias como en las humanidades y las artes. Y en las humanidades, especialmente, se siente más, porque son más dependientes de ese dinero, en la medida en que no pueden obtener financiación de muchos otros lugares. La otra cosa que tenemos que entender es que la situación en la que nos encontramos es el resultado de décadas de disminución de la financiación federal y estatal para la educación superior. El presupuesto público invertía mucho dinero de los impuestos en la educación superior, partiendo de considerar que las universidades eran un bien público. Sin embargo, cada vez más la opinión es que la educación superior es un bien individual, que ayuda a las personas individualmente a conseguir una carrera, y con ello la credencial que les permite conseguir un trabajo mejor y ascender socialmente. Entonces el gobierno no quiere financiarla, porque dice que no se trata de un tema del país, sino de la persona. Por eso la matrícula que tienen que pagar los estudiantes ha subido mucho, al igual que ha bajado la financiación gubernamental. Ya estamos en una situación en la que los estudiantes se están endeudando mucho. Es un problema de Estados Unidos, los estudiantes tienen que pedir prestado mucho dinero para ir a la universidad porque el gobierno no la financia, y por tanto es un impuesto regresivo. Es cambiar quién paga todo esto. Eso también forma parte de la situación actual, y nos hemos centrado en intentar cambiar la situación, porque es muy injusta. Tiene efectos muy negativos para los jóvenes que salen de la universidad con una deuda muy grande que nunca podrán terminar de pagar.
La idea de la educación como un bien común, ¿no estaba ya debilitada en EEUU cuando Trump llega al gobierno? Es decir, la hegemonía de la teoría del capital humano, la concepción economicista de la educación superior, la ideología meritocrática individualista, la elitización de la universidad que mencionaste antes, ¿no fueron pavimentando el camino a los ataques del Trumpismo?
Sí. La desinversión, la propaganda, la cultura individualista, son temas que tienen muchas décadas. Se considera que ir a la universidad tiene un fin individual y no fines relacionados al país, la comunidad, la democracia. Es algo que está impreso en nuestra cultura, que se remonta en la historia de Estados Unidos, a principios del siglo XVIII, XIX. El individualismo es un gran tema en la historia de Estados Unidos. La lucha entre el individualismo y la comunidad, el individualismo como parte de la teoría liberal de la política que tomamos de Inglaterra, de John Stuart Mill y otros pensadores ingleses, cuyo pensamiento dio forma a nuestras instituciones. Y las instituciones políticas dieron forma a las escuelas y el sistema educativo dio forma a la cultura de modo que la atención a la comunidad, lo público, lo colectivo, estuvo siempre en segundo lugar respecto a la atención al individuo. Ahora bien, a lo largo de nuestra historia, siempre hubo gente que se ha opuesto a eso desde perspectivas religiosas, desde perspectivas socialistas, desde otros puntos de vista económicos que también se remontan al siglo XIX. El movimiento abolicionista que los intelectuales negros lideraron en el siglo XIX también incluía una profunda crítica a esa mentalidad capitalista individualista. Los sindicatos que comenzaron en la década de 1820 en Filadelfia, que es realmente el comienzo de los sindicatos en los Estados Unidos, también tenían puntos de vista socialistas, incluso comunistas, que expresaron y por los que trataron de luchar. En nuestra historia siempre ha estado esa batalla, pero el individualismo siempre ha sido dominante, y así, cuando llegó Trump, la educación superior ya estaba moldeada por esa visión individualista, a pesar de que somos muchos en las universidades de EEUU que defendemos, escribimos, hablamos y trabajamos impulsando una visión diferente.
Al menos desde la Segunda Guerra Mundial, la hegemonía de EEUU como potencia imperialista se basó, en buena medida, en el conocimiento, en la capacidad científico-tecnológica imbricada a la industria, la economía y el complejo industrial-militar. Las universidades fueron una pieza central de este modelo, tanto así que China procuró adoptar el modelo universitario estadounidense. En este contexto de consolidación de China como potencia tecnológica y transición a un mundo multipolar, ¿cómo se puede entender lo que está haciendo Trump con las universidades? ¿No se está dando un tiro en el pié?
Eso es lo que la gente se pregunta. Se preguntan si está pulsando el botón de autodestrucción para volar todo. Creo que lo que pasa con Trump es que no es un intelectual, no tiene paciencia para las ideas, no lee, no le importa la historia. Así que opera desde su instinto, impulsivamente. Así es como él dice que fue formado por su padre, de quién heredó cientos de millones de dólares, y así dice que fue moldeado por el mercado inmobiliario de Nueva York. Para él todo es transaccional. Por lo que piensa siempre a muy corto plazo. No piensa en el largo plazo, por lo que mucha gente está señalando, argumentando que las medidas que está tomando, incluida la de los aranceles, es probable que le estallen en la cara y no funcionen de la manera que él está pensando. La otra cosa sobre Trump es que él no opera por principios. Así que realmente no le importan las medidas, si no funcionan, recurrirá a otra cosa para tratar de mantener su ego y su deseo personal de ser visto como el rey, como el líder dictador. Esto es lo que hace Trump. Pareciera que lo hace intencionalmente. Le gusta crear caos, confusión, porque piensa que cuando todo el mundo está confundido, él puede hacer lo que quiere y conseguir lo que quiere. Así que tal vez nos parece que se está disparando en el pie, pero quizá a través del caos, de alguna manera será capaz de sacar ventaja. En este momento, no podemos descartar que en algún momento disuelva el parlamento, suspenda la constitución, la libertad de prensa. Estamos esperando ese momento. Tal vez todo este caos tenga que ver con esto, con generar una situación en la que pueda decir “mira cuánto caos hay, necesitamos suspender la constitución, necesitamos que los militares pongan orden”. Esperemos que no lo haga, pero te diré que no estoy seguro de que podamos detenerlo si decide hacerlo.
Hoy hay grandes protestas masivas en todo el país bajo el lema “Hands off!” (manos fuera), “No más”. Veremos cuánta gente acude. Veremos si tal vez estamos ante el inicio de un movimiento capaz de responder. Si esto es así, si además la base social de apoyo de Trump comienza a debilitarse en la medida que la economía se vea afectada, quizá podamos enfrentarlo en mejores condiciones. Estas son las grandes encrucijadas que enfrentamos.
En esta coyuntura ¿qué retos se plantean a las humanidades?
Con respecto a las humanidades en la enseñanza superior, hay tres retos principales: (1) recortes drásticos en la financiación tanto del gobierno federal como de los gobiernos estatales, (2) la violación de la libertad académica mediante intentos de controlar lo que los académicos enseñan, estudian y dicen, y (3) la aceleración de un descenso ya existente en las matriculaciones de estudiantes.
Pero los retos del momento actual van mucho más allá de las universidades. Museos, escuelas y toda la infraestructura cultural de la nación están siendo dañados e interferidos. Esto incluye el intento de censurar y borrar la historia, sustituyéndola por propaganda, y una propuesta que acaba de publicarse para abolir no sólo el Fondo Nacional para las Humanidades, sino también el Fondo Nacional para las Artes.
Siguiendo la estrategia del discurso de 2021 del vicepresidente JD Vance, que mencionaste, las universidades son vistas ahora por la administración Trump como el enemigo, y las humanidades son en su opinión el principal objetivo de ataques y eliminación. Líderes conservadores como Vance ven el control de la cultura como su objetivo clave. Si pueden apoderarse de las universidades, sustituyendo la erudición crítica por la propaganda, creen que pueden controlar la cultura. Lo que está en juego no son sólo las humanidades críticas, sino la democracia y la libertad de pensamiento.
Es una situación sombría y deprimente. Sin embargo, ya se está organizando y está surgiendo un movimiento de resistencia. Nuestro reto es organizarnos de forma que consigamos el poder suficiente para cambiar la situación. Tendremos que ir más allá de la izquierda para atraer al centro. Vamos a tener que cambiar la historia de la enseñanza superior, y vamos a tener que cambiar nuestra forma de pensar y de trabajar. No mantenemos buenas relaciones con una gran parte de la opinión pública. Necesitamos aliados y colaboradores más allá de la enseñanza superior y las humanidades. Para cambiar el impulso tendremos que ampliar y profundizar nuestras relaciones con la sociedad.
Referencias
Arocena, R. y Cano, A. (2025). Democratización transformadora y Universidad. Integración Y Conocimiento. En prensa.
Arocena, R. y Sutz, J. (2021). Universities and social innovation for global sustainable development as seen from the south. Technological Forecasting and Social Change, 162, 120400.
Berardi, F. (2019). Futurabilidad. La era de la impotencia y el horizonte de posibilidad. Caja Negra.
Leher, R. (2019). Autonomia universitária e liberdade acadêmica. Revista Contemporânea de Educação (RCE). 14 (29), 208-226.
Markarian, V. (2020). Universidad, Revolución y Dólares: Dos Estudios Sobre La Guerra Fría Cultural En El Uruguay de Los Sesenta. Debate.
Popp Berman, E. (2012). Creating the market university. How academic science became an economic engine. Princeton University Press.
Stefanoni, P. (2025, enero-febrero) ¿Libertad sin democracia? Distopías neorreaccionarias que recorren el mundo. Nueva Sociedad, (315). https://nuso.org/articulo/315-libertad-sin-democracia/
Sztulwark, D. (2025, febrero 4). Antifascismo. Página 12.
Tooze, A. (2025). Defend Columbia. But from what? A globalized University caught in the crosshairs of polycrisis. Chartbook, (365).Wshebor, M. (1970). Imperialismo y universidades en América Latina. Biblioteca de Marcha.
Notas
1 Una parte de esta entrevista fue originalmente publicada por el Semanario Brecha de Uruguay en su edición del 11/05/2025. También se retoman fragmentos de: Agustín Cano, “Diarios de batalla cultural” (Semanario Brecha, 14/02/2025).